El desahucio del Rey del Mundo
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La princesa fea. Un cuento.

Por Francisco Betes | noviembre 25, 2012

La princesa era fea, muy fea, feísima, pero esto no era lo peor, también era caprichosa, egoísta y mala con todos los que la rodeaban.
Tenía muchos pretendientes, pero ella los maltrataba primero y luego los echaba, porque estaba convencida que solo querían reinar con ella cuando su padre muriera.
Un día se presentó en palacio un joven mendigo andrajoso y mal encarado.
-Tú aspiras a casarte conmigo, se mofó la princesa.
-Sí, porque me da pena tu infelicidad.
-Estúpido arrogante – le dijo la princesa- Que los guardias lo expulsen de palacio.
Pasaron los días y la princesa cayó en un estado total de depresión. Ya no le satisfacía maltratar a sus súbditos y el recuerdo del mendigo le venía a cada momento. Así que lo hizo llamar y le pregunto:
-¿Porque crees que soy infeliz? ¿Es que tú conoces la felicidad?
-Sí, princesa.
-A ver cuéntame: ¿cómo es la felicidad y porque piensas que yo no soy feliz?
El joven mendigo tomó sus manos y besó suavemente en los labios a la sorprendida princesa.
-¿Cómo te atreves? Te haré decapitar -dijo la princesa mientras sentía algo especial por aquel ser andrajoso que la miraba con cariño.
– La felicidad está en la ternura de dar. – dijo el mendigo- Y ahora que te he contado mi secreto puedes decapitarme o casarte conmigo. Pero yo solo aceptaré casarme contigo si renuncias al trono y me acompañas en mi difícil vida de mendigo.
La princesa lo miró, sus ojos se iluminaron, y la semilla de bondad que había germinado en su corazón, la hizo bella, muy bella, la más bella de las princesas de la tierra.
La princesa se levantó, se acercó al mendigo, le cogió de la mano y ambos salieron del palacio sin que nadie haya vuelto a verles.

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Materias: blog | 1 Comentario »

Una respuesta a “La princesa fea. Un cuento.”

  1. Tomás Martín dice:
    noviembre 14th, 2012 a las 22:24

    Estimado Paco:
    La lectura de este cuento me ha evocado una frase de mi bisabuela, la única frase que recuerdo de ella:
    “Manos que no dais, ¿qué esperáis?”.
    Siempre estamos más pendientes de ver la forma de obtener algo que de proporcionarlo a los que lo necesitan.
    Un abrazo.

    Tomás.

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